Por Wright Thompson
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MONTERREY, México — En el camino de vuelta a la ciudad, el matador piensa en su pesadilla. Un toro con genio persiguiéndolo. Ha matado a cientos, algunos de forma bella y a otros de forma barbárica. Se despierta asustado, y no quiere levantarse de la cama. No quiere pelear. No quiere entrenar. Le duele la mano, y el todo el desgaste mental se extiende hasta sus extremidades.

No sabe lo que significa la pesadilla. Quizás esté destinado a morir a mano de unos cuernos. Lo ha pensado. El día en que se convirtió en un matador, estaba lloviendo, hacía frío y fue cornado en la pierna. Tres veces sintió los cuernos. Quizás esa la razón por la cual tiene ese sueño recurrente. O quizás es acerca de nunca poder correr lo suficientemente rápido como para alcanzar la promesa de la juventud.


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A veces cuando Amaya duerme, sueña que los toros lo persiguen.

Borra esta idea de su mente y mira las montañas a su izquierda. Cuando su carrera iniciaba, llevaba los trofeos a una estatua de Cristo que estaba sobre una de las montañas. Ahora torea muy a menudo, por todo el mundo. Ha toreado con el corazón roto, con las costillas rotas, a tal punto que casi ni podía respirar. Cincuenta veces o más lo arriesgó todo este año en el ruedo. ¿Y para qué? No necesita el dinero. Es bien parecido, como un artista de cine; tiene dedos largos y delicadas pestañas sobre sus ojos azules. Algo más es lo que lo empuja enfrente de esos toros, algo que ni sus amigos pueden intervenir. Quizás quiera probarle algo a sus críticos, o a sí mismo.

Las torres de la moderna ciudad de Monterrey se ven a la distancia. El Mercedes los lleva de regreso al mundo moderno. Hace una hora entrenaba en el rancho de su mentor, una máquina de tiempo propiedad de Eloy Cavazos, quien con 57 años de edad es algo así como un verdadero 'Rocky Balboa' de los toros.

Torear significa que el matador vive en el futuro y en el pasado. A lo largo del año, recoge sus espadas, su capa y va en busca de los toros. Torea de nuevo este fin de semana, dos veces.

El matador mira su mano. Flexiona sus dedos. Le duelen.

Atrapado entre dos mundos
Su nombre es Alejandro Amaya. Sus amigos en México lo llaman Alejandro. Sus amigos estadounidenses lo llaman Alex. Tiene 29 años, y fue criado tanto en Tijuana como en San Diego, donde fue a la escuela. Tiene un pasaporte mexicano y otro de los Estados Unidos. Su familia es fabulosamente rica y su padrastro es un influyente político y hombre de negocios. Eso no es común para un torero. Cuando los otros matadores miran donde creció, mueven su cabeza y se preguntan, "¿Por qué lo hace?"


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En el rancho de Cavazos, Amaya repasa los fundamentos con un becerro, mientras se imagina una plaza llena y un enorme animal frente a él.

"No lo necesita", expresó su madre un tanto perpleja. "Es educado. Podría haber tenido la carrera que hubiese querido. Podría haber ido a cualquier lugar a estudiar. Es increíble por esa razón. Hay un dicho que dice que tienes que tener hambre para ser un torero. Bueno, él nunca ha tenido hambre".

De pequeño, Amaya se sintió atrapado entre dos culturas. Mientras aprendía sobre las corridas, sintió una afinidad con el país que había dejado atrás. Algunos jóvenes mexicanos miran hacia el norte para buscar un futuro. Alex miró hacia el sur para conectarse con su pasado. En el cuarto grado, contó, casi fue expulsado de la Escuela Episcopal de St. John's por llevar las orejas de un toro que había matado a clase. Muchos padres enojados llamaron a la madre de Alex para quejarse.

"Crecí con Halloween, Santa Claus y el Conejo de Pascua", declaró. "Y todo es muy diferente en el sur. No salido muchos toreros de Tijuana, especialmente debido a eso. No es normal que yo haya ido al colegio en los Estados Unidos o que hable inglés".

"Siempre me he sentido mexicano, pero también me siento estadounidense. ¿Y saben cuándo lo siento? Cuando miro las olimpiadas y estoy del lado de los estadounidenses. No se por qué. Tiene que ser parte de mí".

Es un hombre moderno, de una forma que su mentor Eloy nunca podría serlo. Utiliza ropa a la moda, y un reloj Bulgari muy caro. Ha conocido a Madonna. Paris Hilton se quiso sacar una foto con él en Mr. Chow en Los Angeles. Y ahora está sentado en Señor Tanaka, uno de los restaurantes de Sushi más famosos en Monterrey. Al día siguiente temprano por la mañana, viajará a la parte central de México para torear. Mañana, será el matador que quiere realizar todos sus sueños y cumplir con su potencial.

Esta noche disfruta del hecho de ser joven, talentoso y adinerado.

Las luces están bajas. La pantalla de plasma en el bar exhibe una película de samuráis. Una hermosa mujer está sentada a su derecha, con una bella sonrisa y un cuerpo perfecto. Amaya se echa hacia atrás, toma un poco de su bebida y mira a su alrededor.

"Este no sería el entorno de Eloy", sentenció.

La cena transcurre despacio, llena de risas e historias. El restaurante es ruidoso y hay mucha gente para ser miércoles por la noche. Amaya siempre ha sabido cómo manejarse en este mundo; el antiguo tomó tiempo aprenderlo. Tres viejos matadores — desde David Silveti hasta Juan Cañedo y Eloy Cavazos — han ayudado al chico de ciudad a convertirse en una de las cuatro o cinco docenas de personas del mundo que se ganan la vida con la capa y la espada. Transformaron a un rico estudiante de San Diego en un exitoso matador. El resto depende de él.

Esta noche, la sangre y la arena se quedan en el viejo mundo, olvidadas entre las rondas de sushi, sashimi y cangrejo acompañadas de cervezas y martinis. Esta noche está relajado, y sus delicados dedos no sienten dolor.

El precio de la gloria
El vuelo Aeromar 309 se prepara para despegar, las turbinas rugen en el aire de la montaña. Amaya se sienta en la parte delantera del avión, y está agarrado a su asiento. Odia volar, al igual que Cavazos. Sentado en la butaca 10D, Cavazos mira por la ventana, se persigna, besándose el pulgar en el momento que las ruedas se despegan del suelo. Es de corta estatura, y con complexión robusta — es fuerte como un hombre de campo, con la nariz aguileña y una profunda cicatriz en la mejilla. Parece ser un hombre nacido en una plaza de toros, y de hecho lo fue, ya que sus padres eran encargados de una plaza en una pequeña ciudad.

Este jueves por la mañana se dirigen hacia Querétaro, dos horas al noroeste de la ciudad de México. El viernes, Cavazos tiene una corrida en un pueblo cercano. El sábado, Amaya lo hará en Morelia, una ciudad no muy lejana, y el domingo, tras viajar toda la noche, tendrán una corrida en conjunto en Nuevo Laredo, en la frontera con Estados Unidos.

"Cualquiera de éstas podría ser la última", reconoce Amaya. "Eloy está pensando seriamente en retirarse pronto".

Al aterrizar, los espera una van y un Chevy Tahoe. Cavazos primero irá a ver un caballo que quiere comprar y luego se dirigirá al hotel. Mientras los encargados cargan el equipaje, Amaya se suena la nariz. Está resfriado. O al menos piensa que lo está. No están seguros. Desde su doloroso debut, a menudo se siente enfermo antes de las corridas. No permite que nadie encienda el aire acondicionado. Revisa diferentes medicamentos. Pero sus compañeros no están seguros de si su enfermedad es física o si todo está en su cabeza.


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Amaya sabe que el tiempo que pasa lidiando toros en el mismo ruedo con su maestro está llegando a su fin. Eloy Cavazos (izq) está pensando en el retiro

"Ya está estresado", dice Christian Franco, un picador grandote y jovial que viaja con ellos como parte del equipo. "Siempre se siente enfermo. No quiere comer. No quiere encender el aire acondicionado. Dice que lo hace sentir mal. Ya verán. Después de la primera corrida de toros, estará bien".

En la van, regresan a un México diferente. Alrededor de la carretera se ven pequeños asentamientos con locales al aire libre y puestos de tacos. En general, no hay nada. A medida que suben y bajan montañas, crece el silencio en la camioneta. Amaya tiene tiempo para pensar.

Apunta hacia una arboleda que se encuentra alejada del camino. Allí fue donde creció su primer mentor, David Silveti, matador de toros muy querido a nivel nacional. La familia de Silveti todavía vive allí. Al igual que los recordatorios sobre el destino al que los lleva este camino.

"Está bajo esos árboles", dice Amaya, suavemente. "No me gusta recordar".

Tenía unos nueve años cuando se conocieron. Amaya ya quería ser corredor de toros. Había estado practicando pases con repasadores de cocina desde los tres años. Cuando aprendió leer, quería leer acerca de los matadores. Cuando le regalaron una computadora, quería programas relacionados con el toreo.

Bueno, un domingo, Silveti sufrió una cornada. Al día siguiente, en un intento de terminar con la romántica concepción sobre las corridas de su hijo, el padre de Amaya lo sacó de la escuela y lo llevó al hospital. Quería que su niño viera lo que un toro puede hacerle a un hombre.

En lugar de amilanarse, con osadía Amaya le pidió al matador que fuera su padrino. Silveti aceptó. Fue el comienzo de una amistad. Silveti le enseñó la técnica adecuada, y dejó que Amaya lo acompañara en una gloriosa gira de verano. Cuando Amaya comenzó a actuar profesionalmente, Silveti le regaló dos de sus viejos trajes de luces, los costosos y adornados atuendos que visten los matadores en las plazas de toros.

Los toros dejaron sus marcas en Silveti, quien se sometió a innumerables cirugías, luchando contra los aparatos ortopédicos que llevaba en sus piernas. Finalmente tuvo que retirarse. Pero no podía dejarlo ir. Perder la claridad entre la vida y la muerte muchas veces deja a los toreros con un vacío interno. El legendario español Manolete regresó demasiadas veces y pagó el precio. El gran Juan Belmonte, el 'Babe Ruth' de las corridas, se quitó la vida. Cuando Silveti regresó, el toro lo hizo caer de cabeza y comenzó a perder la conciencia. Sufrió un aneurisma. Lo diagnosticaron como bipolar. Nunca pudo volver a torear.

A finales de 2003, pocos meses después de que Amaya se juntara con Cavazos, Silveti regresó al rancho de sus padres. Fue a su habitación y se dio un disparo en la cabeza. Dejó una nota que decía: "Vivir así no es vida".

Amaya mira los árboles. La camioneta no vira. No hoy. Tal vez nunca vuelva a dar vuelta. Es tan difícil afrontar su tristeza como la depresión que muchas veces persigue a los toreros. ¿Son sus resfríos un síntoma de algo serio? ¿Y la pesadilla recurrente? ¿Y el dolor en sus manos? ¿Quién tiene tiempo para pensar en esas cosas? ¿Quién tiene tiempo para pensar en las consecuencias de tentar a la muerte por un movimiento artístico, y no para alimentar a la familia? Tuvo una presentación el día después del funeral de Silveti, y pelará este fin de semana. Dejan el rancho detrás.

Amor del duro para una estrella naciente
La carretera se hace más angosta, y las copas de los árboles cubren el camino. Están por llegar a la estancia de Juan Cañedo, donde Cavazos comprará el caballo. Amaya conoce bien este lugar; vivió aquí con Cañedo por casi dos años antes de hacerse profesional.

Cañedo, todavía buen mozo con sus 80 años, es un famoso torero y amigo de la familia Amaya. En los años '50 y '60 salía con actrices, y se casó con la hija del presidente de México.


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Cavazos, Juan Cañedo y Amaya (de izquierda a derecha) observan a un hermoso animal. Cuando era joven, Cavazos nunca imaginó que conocería a alguien tan famosos como Juan Cañedo. Hoy, décadas después, es un invitado bienvenido en su casa.

Pasando por ahí, Amaya señala un puente. Se ríe. Al poco tiempo de mudarse, Cañedo le preguntó cuánto calzaba. Amaya imaginó que le regalaría botas artesanales. Estaba acostumbrado a recibir buenos regalos. Unos pocos días después, en este puente, a unas cuatro millas del rancho, el viejo se detuvo, hurgó debajo de su asiento, y le dio a Amaya una caja de zapatos deportivos.

"Póntelos y sal", dijo.

Amaya corrió a casa, sobre la tierra y la grava. Cuando llegó, los zapatos deportivos volvieron a la caja hasta la próxima vez.


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Amaya practica todos los días. Los matadores se toman turnos con el toro.

"Lo habré hecho unas 60 veces", dice Amaya. "Desde aquí mismo. Lo sabía de memoria".

En aquél entonces era sólo un muchacho flaco. Ahora, llegando al castillo de piedra con un muro externo y una plaza de toros privada, es todo un héroe. No ha estado aquí en años. El anciano, quien parece 20 años más joven con su cabeza cubierta de pelo, da la bienvenida a sus invitados. En la sala de estar, repleta de recuerdos de corridas, Amaya se sienta en el apoyabrazos de la silla de Cañedo. El viejo le da una palmada en la pierna.

Ésta siempre será tu casa, dice.

La cocina cobra vida, preparando la comida para el hijo pródigo. Amaya merodea, recordando. Cuando se mudó aquí, pasó los primeros días en el pasado, estudiando los nombres y las fechas de los desgastados carteles, imaginando aquellos momentos.

"Él ess muy tradicional", explica su madre. "Acaba de comprar una pequeña casa en Sevilla ubicada en la parte histórica de la ciudad. Es del siglo XVIII, y está enamorado de la casa porque es vieja".

Amaya idolatraba a los viejos matadores, antes de que la corrida quedara infestada de trucos baratos. Buscó viejos videos caseros. Cuando finalmente toreó en Madrid, llamó con mucha anticipación para reservar el cuarto de hotel en el que Manolete solía quedarse. A Manolete no le preocupaba actuar para el público. Era serio, tenía gracia, incluso cuando un toro le quitó la vida en 1947. Se consideraba un artista, y eso es lo que Amaya quiere ser, aunque sabe que así no conquistará el amor del público.

"No es un deporte", dice. "Se trata de crear e inspirar. Es como cualquier otro tipo de arte. Un pintor no pinta porque cree que ganará millones con sus obras. Ya nos podríamos haber detenido. Cuando inicias, quieres ser famoso, pero tiene que haber algo detrás de eso. Si no, no vale la pena".

El día pasa volando. Cuando llega la hora de partir, Amaya visita su vieja habitación una vez más. Mira a su alrededor, pensando en los tiempos en que las cosas eran más fáciles. Años atrás, se quedaba dormido mirando el techo de ladrillo. Eso era antes de las pesadillas. Sus sueños solían ser más alegres.

Sólo el Maestro
La tarde siguiente, Alejandro Amaya está vestido de negro de pies a cabeza. Se ve muy bien, posando para fotografías, firmando autógrafos, mientras se dirige hacia el sector de sombra en la plaza. El público está esparcido, y se ven las montañas sobre los asientos vacíos. Es un momento difícil para las corridas en México. La corrupción de los promotores y la falta de estrellas han minado el interés.

"Debería estar lleno", dice Amaya.


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Es un momento difícil en estos momentos para la Fiesta Brava en México. Necesitan estrellas para llenar estas plazas y para que Amaya cumpla su potencial.

Cavazos entra a la plaza. Primero, estudia al toro, como lo ha hecho más veces que cualquier otro matador en la historia. Hace algunos pases suaves con la capa. Amaya observa con atención. Tiene mucho respeto y admiración por su padrino. En tres años, nunca lo ha llamado Eloy directamente. Sólo Maestro. Incluso en la enfermería de la plaza de toros, entre la conciencia y la inconciencia: "Maestro"


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El picador Christian Franco se prepara para clavar su lanza en el lomo del toro, para bajarle la cabeza y bajarle la presión sanguínea.

A continuación vienen los odiados picadores, quienes clavan una lanza en el lomo del toro, para bajarle tanto la cabeza como la presión sanguínea. De lo contrario, el enfurecido toro sufriría un ataque al corazón. Luego, los banderillos, quienes le clavan tres juegos de banderillas para bajarle aún más la cabeza, haciendo posible la corrida. Finalmente, el clímax de la faena — el trabajo con la muleta, la tela roja, que muchas veces se confunde con una capa.

Cavazos engaña al toro con la muleta una y otra vez; los cuernos le pasan a pocos centímetros de distancia. El público lo aclama. Tras una serie de movidas, echa la tela al suelo y se detiene peligrosamente cerca del encolerizado animal con una gran sonrisa.

Ha estado haciendo esto por más de cuatro décadas. Su padre trabajó en la plaza de toros de Guadalupe, a unas cuantas millas de su actual finca. Eran tan pobres que cuando un agente llamado Rafael Báez tomó a Cavazos a los 15 años, el muchacho no sabía leer ni tampoco cómo funcionaba una ducha. Báez creyó en Cavazos y lo convirtió en una estrella. Ganó una fortuna, y la estación de tren de Guadalupe lleva su nombre, como muchas otras cosas. "Es el único torero que tiene una avenida", dice Franco, el picador. "Generalmente tienen calles".

Hace tres años, la carrera de Cavazos lo llevó a una plaza con un joven matador llamado Alejandro Amaya. Amaya había sido catalogado como la próxima gran estrella; el muchacho que salvaría las corridas de toros de México. No había estado a la altura de su potencial, especialmente en los días importantes en la Ciudad de México. La segunda vez que falló allí, regreso a su habitación de hotel, se quitó la cadena con cruces y medallas religiosas y la lanzó a la oscuridad. Bajó a buscarla pero nunca la encontró. Estaba perdido.


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Cavazos ha hecho esto por décadas. Deja pasar con facilidad el toro junto a su cuerpo, emocionando al público.

Así que una tarde, justo afuera de la plaza, le pidió a Cavazos la luna. "Imagínate que eres tenista", explica Amaya, "y te enfrentas a [Roger] Federer en la primera ronda de algún torneo, y le dices, 'me gustaría entrenar contigo. Podría ir a vivir adonde tú vives. Me gustaría entrenar contigo todos los días y que las personas que te representan también me representen a mí'. Y él dice, 'Sí'".

Cavazos y Amaya tenían poco en común. Sus perfiles, estilos y métodos eran diferentes. "Eloy tenía que hacerlo para alimentar a su familia, para construirle una casa a su madre", dice Franco. "Alex lo hace porque le gusta. Eloy intenta que el público la pase bien. Alex quiere hacer las cosas perfectamente para estar bien con sí mismo. Eloy es antiguo. Quiere correr barranca arriba, como lo ha hecho siempre. Alex va a un gimnasio. Toma clases de yoga, de spinning".

Pero Cavazos vio algo en el joven. Vio deseo. Sed de perfección. Cavazos siempre respetó una simple teoría. No tomaba ni fumaba porque el toro no toma ni fuma. Se levantaba temprano, entrenaba duro. Amaya vio de cerca la dedicación necesaria para convertirse en una estrella. Hizo propio el hambre de Cavazos. Trató de igualar su singular enfoque.

"Eloy me hizo lo que soy hoy", dice Amaya. "Se lo debo a él"

Sentado en las gradas, mientras se suena la nariz cada tanto, Amaya observa a su mentor ir por la pica final. Pero la espada rebota. Vuelve a intentarlo, el toro no quiere morir, y el público silba. Finalmente, afortunadamente, todo termina. Cavazos se retira. Amaya sólo puede sacudir la cabeza.

Mañana será su turno.

Alejandro Amaya tiene un resfrío
Cae la noche. Cuando la camioneta llegue a Morelia, dentro de una media hora, Amaya ingresará en la habitación 242 del Holiday Inn, pondrá la señal de "No Molestar" en la puerta y comenzará a concentrarse. Sea la arena grande o pequeña, estén las gradas repletas o vacías, tiene que estar completamente concentrado. Se tiene que preparar para cada faena como si fuera la primera — y la última —. Las vacaciones mentales son fatales. Las corridas de toros no tienen 'Super Bowl'; se trata de una serie de eventos de un solo acto, y cada uno es tan importante como el anterior.

Todos están nerviosos ya, tratando de no usar camisas amarillas o de hablar de serpientes, o de hacer cualquier cosa que traiga mala suerte o que se salga de la rutina. Los matadores viven sus vidas buscando presagios. Una vez, un torero amigo no le dio dinero a un mendigo de una sola pierna que se encontraba fuera de su hotel. Aquella tarde, sufrió una cornada en la pierna. Ahora, siempre que está por salir de un hotel, le pide a un miembro del personal que eche a toda persona que esté pidiendo dinero. Como si eso fuera a salvarlo de la muerte.

El resfrío de Amaya no está mucho mejor. Una inyección no lo curó, ni tampoco lo ayudaron múltiples dosis de medicina. La corrida está cerca. Se está poniendo introspectivo, piensa en los buenos y los malos momentos de sus siete años de carrera.


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Amaya dice que aunque supiera que moriría en el ruedo, de cualquier forma iría.

"Tuve mucho éxito demasiado rápido", dice. "Creo que ahora la gente está diciendo, 'Bueno, es una realidad', y están esperando que pase algo imponente para poder decir, 'Es uno de los mejores'. La gente dice, 'Puede ser uno', o, 'Será uno'. Pero todavía no lo soy".

Siempre fue obstinado, haciendo las cosas a su manera. Mientras crecía, usaba la misma camiseta y los mismos jeans con los mismos "Vans" cuadriculados una y otra vez. Por unos años, cuando era niño, sólo comió pan tostado con queso crema. Ahora, busca la perfección de manera obstinada, y en la plaza eso le costó. Cavazos puede disimular con un toro débil o inconsistente, como lo hizo hoy, sonriendo al público y haciendo un show. Amaya es más melancólico. No puede simular. Está en busca de algo eterno.

"Nunca llegará", dice. "Eso lo se. Si llega, es el fin"

Tose sin fuerza. El resfrío parece real. ¿Lo es? Nadie más que él lo sabe. Busca las palabras que puedan expresar sus pensamientos. Son oscuras. Está pensando en los cuernos. Está pensando en morir en la plaza este fin de semana.

"Si sucediera", dice en voz baja, "creo que sería adecuado para mí. No diría, 'Si hubiera sabido que eso iba a sucederme, no hubiera ido'. Iría igual".

El humor ha cambiado, en la camioneta, sólo se escucha el ruido de las llantas en el pavimento.

"No puedes vivir esta profesión pensando que esas cosas van a sucederle a todos menos a ti", dice. "Le llega a todo el mundo. Todo tiene un precio. Ser joven y que alguien te aplauda y te admire, no es gratis. Pero quiero disfrutarlo porque terminará para mí. Creo que mucho antes de llegar a la edad de Eloy".

Las palabras quedan en el aire. El matador está listo para morir. O al menos eso dice.

Se olvidan cómo se siente

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Amaya reza por seguridad y suerte en la capilla de la Plaza Monumental. Enciende una vela, misma que arderá mientras torea. Quizás sus oraciones serán escuchadas.
Amaya se para frente al altar en la capilla de la plaza de toros de Morelia. Está en silencio. Un niño lo espía con los ojos bien abiertos. El matador enciende una vela con su nombre debajo. Reza por protección y suerte.

Ya casi es la hora. Mira a la gente a su alrededor. Viene la lluvia, y con ella, el viento que todos los matadores temen. El viento vuela la capa y la muleta, permitiéndole al toro ver el cuerpo del matador. Un vistazo es suficiente. No importa. Éste es un día importante; cualquiera de los seis toreros que corte más trofeos — una oreja, dos orejas, o dos orejas y un rabo, reconocidos por un juez — después de la suerte (de matar); ganará. Las corridas victoriosas significan más paga, más prestigio.

Los primeros tres toreros se las arreglan bien, tanto el primero como el segundo cortan una oreja. Amaya entra al ruedo y espera a ser detectado, visualizando el violento espectáculo una vez más. Un fuerte ruido le devuelve la atención, mientras la puerta de metal se abre abruptamente y un toro carga hacia él. Amaya practica con la capa una vez más, en su propio mundo, ignorando la bestia de 500 kilos a pocos metros de distancia.

Siete metros. Cinco metros. Tres … Dos … Uno … "¡Ole!"

Hace cuatro o cinco pases suaves, la espalda arqueada, los labios fruncidos, el toro deslizándose cerca de su abdomen. Ahora, el picador. Clava la lanza en el lomo del toro, causando demasiado daño. Amaya parece desesperado. La sangre corre por la pata izquierda del toro. El animal intenta cargar pero se tropieza. Este toro, y esta tarde, están prácticamente arruinados. Puede pasar así de rápido.

Amaya hace todo lo que puede. Mueve al toro alrededor del ruedo, con pases cortos, manteniendo la tela roja justo delante de sus cuernos. Su lengua hace un bulto en su mejilla. Cuando le clava la espada, lo hace con fuerza, una muerte limpia. El toro tambalea y cae. El público lo aclama.

Amaya mira al juez.

El público, abanicando sus pañuelos, pide que se corte una oreja. El juez permanece con la cara de piedra. Enojado, Amaya hace la vuelta de la victoria de todos modos. Las mujeres le arrojan rosas. Los hombres arrojan botas. Sale de la plaza murmurando maldiciones, dice adiós y se apura a llegar a la camioneta. Se detiene brevemente en la capilla para apagar la vela. Le brindaron protección, pero no suerte.

En la camioneta, Amaya se inclina hacia adelante, y apaga la radio con irritación. Otro día, arriesgando su vida, para nada. Quería una oreja, al menos. "Creo que lo maté muy bien", dice. "La gente lo pidió, pero el hombre es un idiota. Así que cuando maté el mío, di la vuelta a la plaza. Espero haberlo enojado. [Se cree demasiado importante]. Se olvidan cómo se siente estar aquí abajo".

Ahora viajan. Tienen 13 horas por delante de noche y lluvia en la carretera, atravesando las montañas entre Morelia y Nuevo Laredo para volver a hacerlo. Mañana será mejor, se promete a sí mismo, acostándose en el asiento trasero de la camioneta para dormir. Tiene que ser mejor; aunque Amaya ha codiciado un contrato por dos años con un promotor que tiene una cadena de plazas de toros, su sueldo generalmente depende de su desempeño el año anterior. Los dueños de las plazas pagan por nombres.

A las seis de la mañana, en una parada de camioneros, sale del vehiculo para estirar las piernas. Ésta es la vida del matador. Su cuerpo está cansado por el viaje. Mira a su equipo y al hombre que vende café por la ventanilla.

"¿Dónde están todas las chicas?", pregunta. "¿Y toda la fama?"

Malos presagios por todos lados
Son las 3:30 p.m. del domingo. Hay mucho movimiento en la habitación 127 del Hilton. Luis, su asistente, prepara el Traje de Luces. El buró está repleto de remedios para el resfrío.

Alguien toca la puerta. El doctor quiere saludar. Curó a Amaya la última vez que sufrió una cornada, y su presencia resulta incómoda. A los matadores no les gustan los recordatorios. Incluso el desayuno previo al duelo tiene significado. Los matadores tienen que comer ocho horas antes, en caso de que necesiten anestesia después de la faena.


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Existe un ritual para prepararse para torear. El traje de luces se pone lentamente, con la ayuda de un vestidor, en un orden preescrito por tiempo.

Cuando el doctor se retira, ya es hora de que Amaya se vista. Es el ritual más antiguo de las corridas de toros. Los matadores se ponen cada pieza lentamente, y en un determinado orden.

Primero las medias rosas. Luego un unitardo blanco que llega hasta el pecho. Hay un pequeño agujero en uno de ellos. Maldición. Un presagio. A continuación, los pantalones. Alex maldice. Tiene un tirón en el muslo interno. Se frota el lugar como Lady McBeth, quejándose con Luis, quien está sudando mucho.

Amaya se reclina, protegiéndose los testículos, y Luis tira con fuerza de sus pantalones. Tienen que ser muy apretados. A continuación, la camisa blanca. Alex mira el cuello y vuelve a maldecir. Tiene una mancha negra. Luis corre a buscar una toalla y agua para limpiarla.


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Amaya guarda la oración dentro de su saco. Se quedará ahí durante la corrida. Los toreros buscan cualquier talismán, lo que sea que ofrezca protección.

Todo está mal. El matador se mira en el espejo, y luego observa sus manos.

Cuando termina de vestirse, y Luis acaba de revisar el traje, quitando los hilos que sobresalen con una tijera, Amaya fija su atención en el pequeño santuario que ha montado sobre el escritorio para evadir más presagios. Hace esto antes de cada pelea. De muchas maneras, éstos son los únicos días en los que está realmente vivo. Son los únicos días en los que escribe en su diario. El resto, no vale la pena ni mencionarlos.

Se hace la señal de la cruz dos veces, toma una vieja tarjeta, y recita en silencio la oración al matador. "Te pido disculpas por mi debilidad humana", susurra, sus labios apenas se mueven. Se besa el pulgar y toca una selección de imágenes de santos, de la Virgen María, de Jesucristo, de su madre. Con una mano temblorosa, enciende una vela — que permanecerá encendida hasta que regrese. El hilo de humo sube hasta el techo llevando sus plegarias.

Ahora espera. Sentado en una silla, toca la mancha de sus pantalones como si fuera un estigma. Es el lugar donde suele entrar el cuerno. Frota sus manos una y otra vez, estrujándose las coyunturas.

"Éste tal vez sea el peor momento", dice, con suavidad.

Se vuelve hacia Luis. La tensión en la habitación es insoportable. El reloj marca las 4:12. La corrida es a las cinco.

"¿Cuándo salimos?", pregunta. "4:20, Matador", dice Luis.

Amaya se rocía Afrin en las fosas nasales. Tras ocho minutos de silencio, se para y besa la fotografía de su madre una vez más.

"Vamos", dice.

La última oportunidad para la perfección
El toro gira la cabeza, buscando a quién herir, la mucosidad y la saliva representan su furia. El público, que ocupa casi la mitad de las gradas, se inclina hacia delante. Amaya no los puede oír. Está en otro lugar.

Amaya le grita al toro.


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Amaya mira directo al toro. Se gana la vida muy cerca de los toros; en este rango, un movimiento en falso le puede costar la vida.

El animal gira, mirando la capa amarilla y rosa. Encontró su blanco.

Amaya se desliza como un bailarín, moviendo su cuerpo frente a los cuernos. Sacude la capa. El toro carga. El suelo tiembla bajo los pies de Amaya, la luz se refleja en los cuernos. Sus pezuñas hacen volar arena sobre las paredes. Más cerca, más cerca, más cerca …

Gira la capa, evadiendo al animal de 500 kilos. Lo hace dos veces, luego una tercera y una cuarta vez. Es el opuesto de ayer. El toro se está moviendo como si Amaya lo guiara con un hilo. El toro tropieza varias veces, está un poco débil, pero todavía se puede trabajar.

Una vez que la cabeza del toro está baja, Amaya regresa con la muleta. Cavazos, se inclina sobre las tablas del callejón. Ya ha enfrentado y matado a un toro; cortó dos orejas. Ahora está concentrado en su alumno. Un pase. Luego dos. Tres.

"Ole", grita Eloy.

Cuatro.


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El trabajo del matador está hecho. Esta vez, puede vivir para contarlo.

"¡Ahora!"

Cinco.

"¡Ahora!"

Amaya parece estar solo. Los otros matadores a menudo giran para el público. Amaya mira al toro. Cavazos quiere que entretenga más al público Arriba el ánimo , grita. Luego de la siguiente serie de pases, Amaya se vuelve hacia las gradas, y hace una pose con una gran sonrisa. Los aficionados echan espuma. El promotor está feliz, y pasa tragos gratis a sus amigos en las primeras filas. Otro pase, luego otro. Cavazos y el público gritan, "¡Ole!"

Este podría ser el gran momento del que hablaba Amaya en la camioneta, un pico de perfección poco común. Es por esto que viaja por todo el mundo. Sigue pavoneándose hasta donde se encuentra Luis, y quita la espada de la vaina. Se prepara para matar. El público se pone de pie.

Frunce los labios, apunta, y … falla.

La espada cae, y la sangre sólo cubre un tercio de la hoja. Parte del publico se queja.

Lo vuelve a intentar, se prepara con especial cuidado, carga y … falla.

Se pega con fuerza en el muslo, y las maldiciones rebotan alrededor de las paredes de madera. Empiezan los silbidos. La tarde cambió en 30 segundos. Finalmente, con la lengua haciendo un bulto en su mejilla y el sudor corriendo por su rostro, introduce del todo la espada en el toro, apenas evadiendo sus cuernos. Se escuchan aclamaciones de cortesía.

El promotor se le acerca, y le dice que lo volverá a contratar. Pero hay algo en su voz. Es como si le estuviera haciendo un favor al matador. "Probablemente me contratará por el mínimo", dice Amaya. "Si hubiera cortado cuatro orejas, sería todo lo contrario. Es lo que sucede".

Detrás de la plaza, un tumulto rodea a Cavazos. Él es la estrella de hoy. Nadie se le acerca a Amaya, quien camina solo. Está respirando con bronca.

Una vez en su habitación de hotel, apaga la vela y llama a su madre. Sentado en una toalla, está furioso consigo mismo. "Me debería haber ido mejor hoy", dice. "Me deja la sensación de un trabajo no terminado".

Se ríe con amargura, y trata de forzar una broma.

"Cuando tocaba el timbre", dice, "golpeó el borde".

Alejandro Amaya se recuesta en la cama. Arriesgó su vida dos veces en dos días, y ni siquiera se ha acercado a convertirse en la estrella que quiere ser. En todo caso, dio un paso atrás.

Exhala. Mañana, volverán a empezar.

"Volveré a una corrida en ocho días", dice.